¿Pero qué me Quentin, Tarantino?

Hablar de Tarantino es hablar de cine en estado puro. No puede haber una persona más cinéfila en Hollywood. Lo suyo no es amor por cine, sino pura obsesión por el antes oloroso celuloide ahora convertido en un frío disco duro. Esa es su magia, trabajar en lo que le apasiona. Él no trabaja, él proyecta en su obra todo lo que ha mamado desde joven y que le dejaba perplejo en esas salas de cine con sesión doble en las que se ganaba unos dólares. Y eso se nota, sobre todo en sus últimas películas. Porque hay dos Tarantinos: El pre y el post ‘Kill Bill’.

El comienzo de carrera de este director es el que definió su estilo. Con ‘Reservoir Dogs’, ‘Pulp Fiction’ y ‘Jackie Brown’, Tarantino centraba su acción en el dialogo. Si por algo destaca es por su facilidad en que una escena pueda alargarse minutos y minutos sin que el espectador se sienta cansado. Además, el papel protagonista nunca está claro al 100%. A él le gusta contar las andanzas de un grupo de gente. Una panda de ladrones, unos traficantes de armas o simplemente una compendio de personajes entrelazados como en ‘Pulp Fiction’, hacían que un montón de historias formaran al gran historia final.

Hasta que llegó ‘Kill Bill’ y la mentalidad de Tarantino pareció cambiar. Aquí se centró en Uma Thurman y su violencia pasó de ser cruda a divertida. La historia de “La novia” es la que hace derivar la gran historia, haciendo que las demás tramas la adornen. El director empezó a llevar su estilo a la exageración, y pasa de intentar llegar a las entrañas del espectador a buscarle la sonrisa. Bien es cierto que las dos partes de ‘Kill Bill’ son muy distintas, y podemos encajar su primera mitad en un “neotarantinismo” mientras que su segunda mitad encaja con el Tarantino de siempre.

Pese a que esa primera mitad de ‘Kill Bill’ marcará la pauta del director en el futuro, con ‘Death Proof’ intentó volver a sus orígenes y se quedó en una pobre tentativa. Pese a ser una buena película, no llega a la altura de sus predecesoras, con diálogos que no eran propios de él y salvando detalles, quedaba en el limbo del director. Quizás ese traspiés hizo que Tarantino hiciera un giro de unos 30 grados en su forma de hacer cine.

Y así llegó ‘Malditos Bastardos’, quizás su obra más completa. No la mejor, sino la que mejor se adapta. Tarantino se abre a a un público más general, sin olvidarse de sus fans acérrimos. La película basada en la Segunda Guerra Mundial es un ejercicio magistral de dirección, de guión y actuaciónl, con diálogos y escenas al más puro estilo del director, pero pasadas por un filtro que las hace digeribles al espectador de a pie. Se les hace tan pasables que hasta les da igual que cambie el curso de la historia.

Y buscando ese filtro, Tarantino hizo ‘Django Desencadenado’. Lo utilizó pero cambió su uso. El director volvió a la estructura ‘Kill Bill’, concebida como una sola película pero dividida en dos por su extenso metraje. En ‘Django’, el metraje era menor y no hubiera tenido sentido separarlo, pero se diferencian claramente dos mitades. En la primera parte es cuando Tarantino usa ese filtro y crea una película en la que el espectador que no termina de encajar con su estilo de cine, queda atrapado en la película por sus golpes de humor y su acción. Pero la película de Tarantino comienzo a mitad de metraje.

Como prueba de este hecho está el trailer. El 95% de las imágenes de éstos son de esta segunda mitad. En el film, se libera de ese conexión con el publico y se centra en su cine: en el de la sangre, los disparos, los diálogos apasionantes y planos inolvidables. Eso sí, acusando la hora larga anterior y haciéndose excesivamente extensa.

Pero pase lo que pase, Tarantino sigue siendo Tarantino. ¿Ha cambiado? Sí, pero sigue creando genialidad tras genialidad. Existe un Tarantino del siglo XX y otro en el siglo XXI. ¿Volverá a transformarse?

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